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Sota, caballo, rey

confianza en las redes sociales por Genís RocaGenís Roca es empresario, arqueólogo y presidente de la Fundació puntCat.

En el fondo, la inteligencia artificial (IA) es la estadística llevada al extremo. Hoy en día tenemos unas increíbles capacidades de computación y gracias a ello podemos pedir a la máquina que haga un cálculo de probabilidades que contemple ya no unas decenas de variables, sino miles, y si es necesario millones, hasta conseguir unos niveles de eficacia predictiva realmente sorprendentes. La IA es ahora la encargada de calcular qué pasará, pero no podemos delegar en las máquinas la capacidad de imaginar futuros deseables.

Los ordenadores necesitan datos para poder hacer todos estos cálculos, y hoy día todo son datos por la sencilla razón de que todo se puede expresar en unos y ceros. Una foto, una película, unas notas, una novela, una voz, una cotización bursátil o una temperatura, todo se puede expresar en código binario y ser tratado como un dato.

Las redes sociales saben cuáles son nuestras amistades y nuestros grupos de interés

hábitos de consumo de los compradores españoles onlineLas tarjetas de crédito registran dónde gastamos, en qué tiendas de qué ciudades, en qué conceptos y con qué importes. Los teléfonos móviles registran dónde estamos y con quién hablamos. Las redes sociales saben cuáles son nuestras amistades y cuáles nuestros grupos de interés. La tarjeta de fidelización del supermercado sabe qué productos preferimos y con qué frecuencia los reponemos. Datos. Datos. Datos.

Será necesario garantizar que todos son correctos, pues son la materia prima y su calidad será determinante para los resultados, y haremos bien en poner bajo control su origen, su legalidad y el tipo de sesgo que contienen, si los hemos autorizado y si estamos de acuerdo, pero el caso es que ahora todo son datos. En formato digital los datos se pueden obtener, almacenar y gestionar como nunca habíamos imaginado, y con la inteligencia artificial y su lógica de estadística inferencial los podemos poner a trabajar para intentar prever qué haremos y qué pasará. El siglo XIX se explicó con la literatura y el siglo XX con el cine, y debemos empezar a entender que el siglo XXI se explica con algoritmos, y esto quiere decir más datos y menos imaginación.

El rey no ha cambiado: son las preguntas

sota, caballo y reySe hacía necesario desarrollar nuevas y potentes herramientas para gestionar en tiempo real este gran volumen de datos en crecimiento exponencial, así que la llegada de la IA es algo incluso lógico y previsible. Sota, caballo, rey. Pero si la sota son los datos y el caballo es la inteligencia artificial, ¿qué es el rey? El rey no ha cambiado: son las preguntas.

Tenemos datos y tenemos sistemas matemáticos para llegar a conclusiones, pero ¿cuál es la pregunta? No obtiene respuestas quien posee los datos, sino quien sabe hacer las preguntas. Aprendí esta obviedad con los arqueólogos. Cuando en un yacimiento prehistórico se encontraba el cráneo de un homínido lo analizábamos para entender en qué momento de la evolución humana nos encontrábamos. Medíamos cada parte, el grosor de las paredes craneales y cada pieza molar, dibujándolo todo al milímetro. Cientos de medidas, miles de datos, pero poca información. Todo cambió cuando alguien decidió hacer preguntas: ¿herbívoro o carnívoro? y para contestar esta pregunta uno de los datos útiles fue el ángulo de desgaste de los molares, porque su inclinación cambia claramente de una dieta a otra; otro fue el grueso de la mandíbula, ya que una pide mayor musculatura que la otra. Dos simples datos daban la respuesta a una gran pregunta.

Se habían contestado pocas preguntas

incertidumbre en la etapa de coronavirusHasta entonces se habían recogido centenares de datos, pero se habían contestado pocas preguntas. De hecho, el ángulo de desgaste molar es algo que empezó a preocuparnos solo cuando entendimos que era útil para contestar esa pregunta concreta. Sota, caballo, rey: el rey son las preguntas.

Ahora que las máquinas tienen la mayor capacidad de la historia para recopilar datos y procesarlos, los humanos mantenemos la tarea primordial de hacer las preguntas pertinentes, y eso no dependerá tanto de nuestra capacidad tecnológica como de nuestra correcta comprensión de los problemas, nuestra imaginación, nuestra creatividad y curiosidad. Mientras las máquinas buscan su inteligencia en una capacidad cada vez mayor de procesar datos, la nuestra se confirma, o no, cada vez que hacemos una pregunta. Saber hacer la pregunta es la verdadera demostración de estar entendiendo qué está pasando y qué es importante, y el primer paso indispensable para llegar a una respuesta.

Que las máquinas sepan responder es una condición necesaria, pero no suficiente: alguien tiene que saber hacer las preguntas que nos reten como sociedad, como seres humanos, como especie. Y eso, por ahora, sigue siendo tarea nuestra.

Artículo publicado en La Vanguardia y reproducido con permiso expreso de su autor.

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